Wednesday, June 30, 2010

attempted translation 2

An American folktale from the Appalachian Mountains
 
Tailypo

Allá en la sierra vivía un hombre viejo.  Vivía con sus perros, Ladro, Muerdo, y Nohagonada.  Llegó al bosque y la montaña hace muchos años en busca de una vida sencilla y nunca regresaba al pueblo ni pedía ayuda a nadie.  Cuidaba de sus herramientas para que no rompieran, cazaba y cocinaba la comida que necesitaba y cosía su propia ropa.

Un año, la caza iba muy mal.  Muchos días regresó a casa sin más que un conejo flaco.  Algunos días regresó sin nada.  Un día de octubre, cuando el otoño estaba ya al caer, estaban el hombre y perros en el bosque.  Habían cazado dos conejos pequeños y por el hambre que sufría, el hombre los cocinó en un fuego allí mismo.  Comió su parte y repartió el resto a los perros.  Todavía sentía mucha hambre.  De repente, vió un animal que nunca había visto antes.  Se posaba en un arbol, del que las hojas ya empezaban a caer.  Tenía el tamaño de un mapache grande pero estaba cubierto de pelo negro y grueso.  Sus ojos eran amarillos y brillaban como velas.  Sus orejas eran largas y puntiagudas.  Pero lo que más impresión daba era la cola.  Una cola tremendamente larga y gorda.  El hombre levantó su escopeta y disparó, y el animal aulló y huyó, saltando de una rama a otra.  La cola cayó al suelo, y el hombre la cogió antes de que los perros la comieran.  La llevó a casa e hizo un cocido.  La cola tenía carne para él, Ladro, Muerdo, y Nohagonada, y los tres quedaron satisfechos después de esa cena. 


Ya era hora de dormirse.  El hombre apagó la lámpara y se metió en la cama.  Los perros se tiraron en frente del hogar.  El hombre estaba a punto de caer en un sueño dulce y tranquilo, cuando escuchó algo desde fuera.  Era una voz que parecía venir del bosque.  Dijo: Tailypo, tailypo, ¿dónde está mi tailypo?  El hombre se dió cuenta de que era ese animal del arbol, buscando su cola.  Saltó de la cama, abrió la puerta y gritó a los perros: ¡Ladro, Muerdo, Nohagonada, a cazar!  Los tres perros salieron corriendo y aullando.  Al cabo de un rato, volvieron Muerdo y Nohagonada, sin pelo ni pellejo del extraño animal.  El hombre quedó en la puerta llamando a Ladro, pero no apareció.  Al final, volvió a la cama.


Esta vez, dormía unos minutos cuando la escuchó otra vez.  Y parecía más cerca que la primera vez: Tailypo, tailypo, ¿dónde está mi tailypo?  El hombre volvió a saltar de la cama y abrir la puerta, llamando a los perros.  Salieron, y esta vez sólo volvió Nohagonada.  Ahora el hombre empezaba a preocuparse de verdad.  Quedaban horas para el amanecer.  Sacó la escopeta y volvió a la cama, pero esta vez no descansaba ni diez minutos antes de escuchar la voz por tercera vez, y estaba a pocos metros de la cabiña.  Tailypo, tailypo, ¿dónde está mi tailypo?  Abrió la puerta y salió Nohagonada, y el hombre quedó con la escopeta en el hombro, pero no vió nada en la oscuridad afuera.  Esperó mucho tiempo, pero no volvió ninguno de sus perros.  Los llamó una y otra vez, pero no vinieron ni le contestaron.  Al final, volvió a su cama, con la escopeta en las manos.  Dejó la lámpara encendida encima de la mesa.  Esperaba el alba ansiosamente. 


Entonces, escuchó un sonido.  Era algo rascando la pared.  Al principio, creía que era los perros que habían vuelto y querían entrar, pero en un momento supo que no.  El sonido venía de dentro de la cabiña.  Y en la luz de la lámpara vió dos orejas negras, puntiagudas y muy largas salir de detrás del pie de la cama.  Y vió dos ojos amarillos ardiendo como dos soles.  Y vió como el animal del bosque subía por su cama.  Y lo escuchó decir: Lo sabemos, tú y yo, quien tiene mi tailypo.  Y el hombre vió que las patas negras del animal acabaron en garras negras y muy largas y con aspecto de afiladas.  Y el animal empezó a arañar y arañar.


Cuando se levantó el sol la mañana después, no quedaba nada de la cabiña menos la chimenea.

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